No son pocos los que desde hace unos cuantos años se aferran al
descrédito de la actividad cinegética como herramienta de supervivencia y
modo de vida cómoda y confortable, ocultos tras un falso neoecologismo
basado en sensacionalismos, “acciones” de dudosa legalidad y comentarios
que no siempre cuentan con respaldo científico.
Por desgracia, es de ley apuntar también que, muchas veces, entre
aquellos que se hacen llamar cazadores, existen algunos que les ponen el
trabajo muy fácil a los primeros, con actitudes y comportamientos que
carecen de toda justificación y que, per se, nos avergüenzan a todos e
incluso ponen en peligro al colectivo. Lazos ilegales, cebos
envenenados, captura de especies no autorizadas o en fechas no hábiles,
son prácticas desgraciadamente aún presentes, que hacen mucho más daño
al sector que los propios ecologistas de salón. No debemos olvidar
tampoco a los irresponsables cazadores que provocan accidentes y muertes
por disparar sin saber a qué, ni cómo, les da igual compañeros de
cuadrilla que ciclistas, seteros o senderistas, en ningún caso podemos
disculparlos ni justificarlos, sino todo lo contrario, apartarlos del
entorno cinegético por el bien de todos.
